domingo, 7 de febrero de 2010

El Ruido Eterno


Este libro viene precedido por un enorme éxito en todo el mundo antes de llegar a nuestro país. Se trata de un ensayo en el que se cuenta la historia de la música del siglo veinte. Comienza un poco antes, al final del diecinueve y termina más o menos en la actualidad, o sea en el veintiuno. Retrata además la situación sociopolítica del momento y también la relación que los músicos tuvieron con los poderes y la époco que les tocó para vivir y trabajar.
En todas las críticas que he leído sobre el libro -todas muy positivas- hay algo que no acabo de entender del todo. Todos los comentaristas coinciden en que pone la música clásica/contemporánea/de vanguardia del siglo veinte al alcance de cualquier lector. Y en eso no estoy de acuerdo. El relato es muy interesante y la exposición muy entretenida, pero da por hecho que el lector conoce una serie de datos como nombres, estilos musicales y en muchas ocasiones tecnicismos musicales que pienso que no están al alcance de cualquier lector. Tampoco creo que haga falta ser músico o musicólogo pero sí aficionado nivel dos si es que hubiera tres niveles. Quiero decir que para disfrutar plenamente del libro conviene saber algunas cuestiones. Por ejemplo algunos nombres, si no se sabe quien era Arnold Schönberg, Stockhausen, que es la música dodecafónica, la atonalidad o el minimalismo no es que pase nada, simplemente es que ese tipo de lector no se va a enterar de mucho. Hay datos biográficos interesantes sí, pero como digo dentro de contextos y teorías que conviene saber si no se quiere uno perder y por tanto aburrir.
Hecha esta salvedad tengo que decir que a mí el libro me ha gustado mucho. Excesivamente largo -casi ochocientas páginas- y un poco difícil de manejar por el peso, se lee con mucho interés si te interesan esas músicas que algunas personas se desligan de ellas diciendo cosas como: son un poco raras ¿no? a mí me gusta más Mozart y otro tipo de frases parecidas.

Alex Ross autor de El Ruido Eterno con el que obtuvo el premio Pulitzer en el año 2007

Mientras que las artes plásticas durante el siglo veinte han ido aceptándose poco a poco por el gran público, -o al menos han tenido más repercusión- no le ha ocurrido igual a la música. Sigue siendo minoría los que degustamos con el mismo gusto obras clásicas y contemporáneas de igual manera. Hay que abrir un poco el oído -y la oreja a veces- pero merece la pena abrirse a obras musicales que aunque en un principio nos resulten algo extrañas después acaban por convencernos de que entrañan grandes ideas y sentimientos.
En el libro se describen muy bien las dificultades que tuvieron muchos músicos para que su obra fuera comprendida en su momento, aunque también los hubo que encontraron el reconocimiento. Sibelius, Shostakovich, Britten, las anécdotas, la situación en la época y las circustancias son manejados por el autor con mucha soltura y haciéndo la lectura como digo muy agradable. Es verdad que la música de los últimos años del siglo veinte los pasa bastante rápido, como si ya le pareciera que tenía que acabar el libro o tal vez no le pareciera demasiado interesante en comparación con los agitados años treinta o cuarenta. He disfrutado mucho con su lectura, no sé si es un libro para releer -casi nunca lo hago- pero ya que ocupará bastante espacio en mi librería sí servirá como libro de consulta para el futuro.



"Sí, mis amigos del colegio creían que era un poco raro. Más tarde, durante los años de universidad me obsesioné con la música clásica contemporánea. Solía decir que toda la música pop era una basura. Pero un día empecé a escuchar patrones comunes que el jazz y el rock compartían con la música clásica. Y de ahí surgió la idea de escribir El ruido eterno", cuenta Ross. "Quise demostrar que la composición clásica está por todas partes", dice.