domingo, 31 de octubre de 2010

Bibliotecas llenas de fantasmas


Después del placer de poseer libros, poca cosa hay más dulce que hablar de ellos. Con esta ilustrativa cita de Charles Nodier comienza este largo monólogo sobre libros, que podría considerarse un ensayo si no estuviera demasiado lleno de pasión para ser sólo eso. El autor, por descontado, es bibliómano, porque sólo uno podría haber escrito este compendio de anécdotas sobre el curioso arte de acumular libros y encontrar la dicha en ello. Y también bibliómano debe ser el lector para encontrarle algún sentido, ya que una persona poco afecta a los libros, o afecta de otro modo -pienso en los nuevos lectores que genera la era digital, por ejemplo, a los que se alude en el último capítulo- no le encontrará ni pies ni cabeza a tanto esfuerzo. Yo -no podía ser de otro modo- me he visto reflejado en este retrato, a veces caricaturesco, de los acumuladores de libros: aquellos que encuentramos placer en su contemplación, su ordenación, su tenencia y, a veces, claro está, también en su lectura. Aquellos que no logramos desprendernos de un solo volumen si no es con extremo dolor, que atesoramos en nuestras biblioteca varios ejemplares de un mismo título, sólo porque son hermosos o sólo porque fueron adquiridos en momentos o lugares especiales. Los adictos a las librerías de lance, que disfrutamos encontrando libros cuyos anteriores propietarios iluminaron con notas o dibujos, o tal vez dejaron algo olvidado entre sus páginas, un billete de autobús o una entrada del teatro, lo que sea, que encontramos con júbilo.
Jacques Bonnet, del que por la nota biográfica sólo sabemos que es traductor y autor de un par de libros anteriores nunca traducidos al español, dice poseer una biblioteca de más de 20.000 volúmenes. Como cualquiera a quien le ocurra lo mismo, se ve obligado a la toma de ciertas decisiones: dónde ponerlos, cómo ordenarlos, cómo mantenerlos. Comprar una casa sólo para los libros o clasificarlos siguiendo criterios de todo tipo -desde la lengua en que fueron escritos hasta el nada convencional pero precioso del color del lomo- son algunas de las soluciones a estas cuitas, aunque nos propone muchas más, y al mismo tiempo nos presenta a una serie de personajes tocados por el mal de la bibliomanía o bibliófilos por accidente. Así, tenemos el caso del pianista y compositor Charles-Valentin Alkan (1813-1889), que feneció aplastado por su biblioteca o sabemos del tedio de Giacomo Casanova, convertido en bibliotecario a su pesar durante los últimos 13 años de su vida.
Luego están los excéntricos. De hecho, abundan en estas páginas. Los coleccionistas de libros según cualquier criterio (he aquí uno de los más pintorescos: libros cuyo autor se llame Jules, como su propietario); poseedores de miles de libros que jamás se desprenden de uno porque tienen el convencimiento de que en cuanto lo hagan necesitarán, precisamente, ése, el volumen descartado. Miembros de un curioso club que reúne a los propietarios de bibliotecas de más de 20.000 volúmenes. Herederos incómodos que no dudan en acabar con las bibliotecas de sus progenitores de los modos más crueles imaginables, desde saldarlas en la plaza del pueblo a arrojar los libros a un estanque. O bibliófagos que deciden de pronto vender sus libros y se pasan el resto de su vida intentando reunirlos de nuevo...
En fin. Merece la pena conocer a todos estos tocados por la locura de la letra impresa. Aunque sólo sea porque todos ellos pertenecen a una estirpe en extinción: los que jamás podrían amar un mundo que prescindiera de la letra impresa y la sustituyera por una pantalla. Y creo que sus -nuestras- bibliotecas atestadas de títulos pertenecen también a otro mundo, del que este deliciosa trabajo deja constancia.
Aunque si hubiera que elegir, podríamos quedarnos con la solución de Quevedo, que también extraigo de estas páginas:


                                                     Retirado en la paz destos desiertos

                                                     con pocos pero doctos libros juntos

                                                     vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.
 
 
 
VIA: La Tormenta en un vaso. Care Santos.

2 comentarios:

Charo dijo...

Precioso comentario a un libro que me imagino que me gustará leer, si me lo prestas :-)

Besos

luis lópez ortiz dijo...

te lo presto wuapa. besos