Tenía ganas de reir, sin grandes complicaciones, pero no pudo ser. No se puede ver mas de quince o veinte minutos. Sin gracia, con gran presupuesto, aburrida.
Basada en la novela de una grande del petardeo periodístico, Elvira Lindo. Una Palabra Tuya es una película destacable. El cine español anda bastante mal, por eso cuando de vez en cuando aparece una cinta buena como ésta hay decirlo. La historia es creíble, muy creíble y está bien construída. El reparto es bueno destacando el papel de Malena Alterio por encima de el de Esperanza Pedreño que todavía arrastra el tic Cámera Café. La anciana y enferma madre es también un acierto de casting y la fotografía y la música son muy apreciables. Pero una de las cosas que sobresalen como valor son las localizaciones. Se sabe que las localizaciones son parte del proceso creativo del director (y del localizador) y que eligiendo bien los lugares de rodaje ya se tiene bastante ganado. Las localizaciones madrileñas (zona Nuevos Ministerios) el barrio donde viven y el remoto cementerio son un acierto que llevan por muy bien camino la puesta en escena. La directora (que como Lindo también es megasuperguay) hace un buen trabajo con los actores y con el montaje, porque el ritmo y la manera de contar es moderna (alejada del tópico nacional) tiene pulso, ritmo y emoción. Yo sinceramente, a día de hoy si se me cruzara un guión, si tuviera que dirigir una película, que Dios no lo quiera, me gustaría que mi nombre apareciera como dirigido por... en una película como ésta.
Cine del grande hecho por uno de los grandes. Espero que a pesar de ser un hombre ya mayor a Clint le quede tiempo para hacer muchas películas como ésta o del nivel de ésta. La única película norteamericana reciente que vale realmente la pena. Pero claro, es clint Eastwood, tocado ya del halo de la maestría. La verdad es que la historia recuerda a otras historias de su filmografía, como las hacen los grandes: contar siempre la misma historia pero de distinta manera. ¿Es que acaso esta cinta no se podría definir como dicen los críticos sesudos como un western crepuescular? Yo creo que sí. De hecho Clint siempre ha hecho películas del oeste, western, aunque transcurran en Nueva York o en Algete. La redención, la justicia, el perdón... todo estaba ya en el cine de Eastwood y lo está también en Gran Torino, en la Gran Gran Torino.
Lo mejor de todo es el cartel. Un homenaje a las pelis clásicas. Pero solo eso, el cartel. Porque la película tampoco la entendí. Ésta si la ví hasta el final. Pero no entiendo a los Cohen cuando se ponen cómicos. Da cosa ver a dos grandes actores como Pitt y Clooney haciendo literamente el tonto solo porque es una cinta de los Cohen. Son como Almodóvar o Woody Allen. Cuando llaman a un actor, por estrellas que estos sean corren a hacer la película sin leer el guión, aunque luego la película sea un fiasco, pero ya han cubierto su cuota de cine de autor, de cine de prestigio. Que difícil es hacer una buena comedia.
El cine francés, como en general todo el cine europeo cuando se hace bien es como quien dice dos veces bueno. Debe ser por el complejo que tenemos con el cine norteamericano. Los gabachos están quizá muy cerca del cine con mayúsculas. Quizá porque se atreven con temas fuertes, de enjundia y quizá porque también nadie se atreve a corregisrles. Hacen lo que quieren y punto. Es un acierto. La actriz inglesa afincada en París Scott Thomas está que se sale como casi siempre. El tema, la forma... Buenísima película. Y lo mejor... no saber de qué va. Una gran sorpresa.Así, sin mucho pensar publico las mirocríticas.


Antes del verano del año pasado Cris tenía que cambiar ya de violín porque aquí mi amiga ya había pegado ese estirón que la ha dejado como está ahora, con ese cuarenta y uno de pie y esa fuerza que en sus abrazos te deja sin aliento. El violín de tres cuartos en su hombro y mano le quedaba como esos instrumentos pequeñitos que venden como broches para vestir. Así que había que cambiárselo por un cuatro cuartos y ya puestos comprarle uno que ya le durara un tiempo. Las recomendaciones apuntaban a ir a un luthier y no a una tienda normal de instrumentos musicales como en la que habíamos comprado el anterior instrumento. Ventajas de ir a un luthier según nos decían: trato mas personalizado, mejores instrumentos, posibilidad de futuros cambios, mantenimiento... Nos recomendaron El Luthier de Ópera y allí fuimos. La primera vez fué para pedir cita. No valía por teléfono, había que ir y hablar de la violinista. Bien, fuí, allí estaba Carlos el luthier atendiendo a unos clientes y parco en palabras me preguntó las características de la niña y me emplazó para unos días después. Cuando volvímos el día indicado nada más entrar por el taller comprobamos los beneficios de tratar con un luthier, en concreto con El Luthier de Ópera. Hombre joven de maneras suaves y elegantes tenía preparado un estupendo sillón antiguo para que se sentara Cris. Su madre y yo a un lado y en silencio. Los violines colgaban del techo, lo violonchelos y contrabajos apoyados por las paredes en un sótano al que se accedía de la calle por una estrecha puerta y una empinada escalera. En una bancada alta tenía una serie de violines apoyados. Cogió uno y de lo dió a Cristi. Toca algo... ¿el qué? no sé, lo que quieras le dijo. Cristina comenzó a tocar. ¿Que tal? Bueno... Ahora prueba este otro... ¿Qué tal? ¿Este mejor o peor? No sé, mejor. Los papás secando con la fregona las babillas... Y así estuvieron probando los dos hasta que finalmente dieron con el adecuado. Aquel lugar y la forma en que el luthier habia estado hablando de los matices del sonido, las características a cual más sutil de los instrumentos y en general el ambiente me cautívó. Al terminar le pregunté si le importaría que volviera en otro momento para hacer una pequeña sesión de fotos del taller. Me dijo que sí aunque declinando amablemente la posibilidad de salir él en ellas y quedamos para otro día. Volví el día acordado con la cámara y el trípode. Alrededor de las once de la mañana. Carlos estaba solo, trabajando en la parte de atrás del local, en el taller. Mientras disparaba las fotos tuvimos una amigable charla. Me contó que llevaba muchos años en este oficio, que lo aprendió de otro maestro, que no hay otra manera de aprenderlo, que no hay escuelas de luthier. Que empezó poco a poco, montó su propio taller y fué creciendo el negocio del tal manera que tuvo que ir metiendo a cada vez más empleados hasta llegar a ser siete. Aquello era una negocio rentable, pero cada vez más estresante. La cosa se fué complicando hasta que decidió cerrarlo y al cabo del tiempo abrió este taller con otra idea bien distinta, la de tener un trabajo estable, pero también más tranquilo. No tiene vocación de crecer como negocio. Ví que tenía colgados del techo algunas insignias, una especie de banderas y me empezó a hablar de cosas más personales. Su mujer es japonesa y tienen dos hijos. Los símbolos los tiene porque son practicantes de disciplinas orientales -meditación, yoga...- y su vida ha cambiado totalmente. Viene en tren desde la zona noroeste de Madrid, no va en coche. Horario continuado hasta las cinco de la tarde para poder irse a casa para estar con los suyos, en definitiva trabajar para vivir y no al revés. Su charla y su voz era moderada, pausada e irradiaba calma y serenidad. Resultó un encuentro interesante y enriquecedor.



