domingo, 11 de octubre de 2009

UN PASEO BAJO LAS AGUAS



En la región austríaca de Estiria existe un lago llamado Lago Verde (Grüner See). Es un lago de color esmeralda que se seca casi por completo en otoño y en la primavera se vuelve a llenar con el deshielo. Sumergidos bajo casi diez metros de agua quedan los bancos y senderos del parque, los árboles y las plantas con la primeras flores de primavera y aunque la temperatura del agua está sólo entre 5º y 6º C el caminar por estas veredas del parque que han quedado inundadas te hacen olvidar que tienes la cara helada. El paisaje es indescriptible, la visibilidad fantástica de hasta 40 metros.





ADIÓS A UN GRAN POETA

Ha muerto José Antonio Muñoz Rojas. El pasado día 7 murió y el día 9 hubiera cumplido cien años.


Fué premio Nacional de Poesía en 1988. Además de ser un gran poeta dos de sus grandes libros fueron de prosa, aquello que en mi época de instituto se llamaba prosa poética -término hoy olvidado- y que son ni más ni menos poemas que no riman, textos poéticos breves de hondo calado. Ahí va uno de su libro Las Musarañas.


Las Musarañas


¡Oh celestiales! ¡Oh Divinas1 ¡Oh criaturas, compañeras de aquella edad! Estabais dondequiera, salíais de todos los rincones, nos aliviabais en todas las dolencias. Cuando los días se hacían largos, cuando había que quedarse quietecitos -Dios sabría por qué con aquellas hormigas que se nos paseaban por las piernas-, cuando dentro había un bulto negro avanzando, cuando la escuela era aburridísima, o predicaba aquel pobre padre que todo era ísimo, ísimo, ísimo, de pronto algo que ¿cómo se llamaría aquello que nos sacaba de la dolencia de las gentes pesadas, de las horas pesadas, de los sermones pesados? ¿Cómo se llamaría? Intuíamos que sin nombre no tendría existencia.

- Te quedas ahí pensando en las musarañas.

¡Ya estaban aquí! Claro. Eran ellas. Las musarañas, insectos, animalillos, ángeles. Algo tenía que ser. Si no, no cabía que , sin presencia de alguien, se cambiara tan hondamente el contorno.

Así, cuando estábamos solos sin estarlo, cuando nos divertíamos sin reir, cuando soñábamos sin sueño, las musarañas estaban presentes, angélicas, efectivas, consoladoras.

Lo malo es que, a veces, descansábamos en su esperanza y no venían. Nos quedábamos sin consuelo, sin musarañas. Estábamos verdaderamente solos. Y era horrible.